sábado, 1 de diciembre de 2012

El Anarquismo Conservador


Una peculiar ideología reaccionaria se disemina rápidamente en nuestra sociedad destruyendo lo que queda del espacio público. Cómo las clases populares colaboramos en la construcción de nuestro propio infierno.
 

Juan Manuel Cano
Cultura e ideología se entremezclan sin pudor; es más, solo podemos separarlas para pensarlas; porque afuera, nuestras conceptos, no existen. Hablamos de ideología, pero también de moral, política y sociedad. De cómo comprendemos el mundo, las consecuencias prácticas; que lejos de ser neutrales, son coherentes con determinados intereses.
Es así que definimos al Anarquismo Conservador como una ideología; ya que se trata de una cosmovisión del mundo que favorece los intereses de una determinada clase social. Pese a esto, debemos remarcar que no se reconoce como tal, ya que el individualismo extremo es un componente esencial en su sistema de creencias. Se trata de un tipo de anarquismo muy distinto y hasta opuesto al Anarquismo Revolucionario

Analicemos un poco más en profundidad de qué estamos hablando

ANARQUISMO REVOLUCIONARIO Y ANARQUISMO CONSERVADOR

El Anarquismo Revolucionario tiene un desarrollo teórico común con el marxismo y logró una difusión importante entre los trabajadores a fines del siglo XIX y principios del XX. Rápidamente, podemos remarcar que acepta las categorías marxistas de lucha de clases y revolución; pero hasta ahí las coincidencias, ya que niega que el Estado deba ser tomado por la clase obrera. Para el Anarquismo el Estado debe ser destruido; por esta razón su estrategia es la acción directa, las leyes mantienen un orden de dominación, destruyéndolas se termina con ese orden y la igualdad surge espontáneamente: no sería necesaria la policía porque no existe propiedad que proteger. 

El movimiento punk fue el último suspiro del anarquismo. Muy reformulado y empobrecido con respecto a los desarrollos teóricos de principios de siglo; mantenía, sin embargo, el espíritu libertario y la desconfianza hacia la pretensión de neutralidad de la norma.

Ese espíritu igualitarista y útopico lo diferencia con claridad del Anarquismo Conservador ¿Por qué llamarlo anarquismo si sus pretensiones son absolutamente contrarias? porque tiene en común ver en las normas al enemigo.

Aquí terminan las similitudes; para el Anarquismo Conservador la norma es algo que se debe burlarse y no destruirse. No hay pretensión de cambio social, si no de ventaja personal inmediata; es la ideología de la viveza, en la cual no tiene sentido cumplir con la norma si se puede evitar el castigo. Cruzar semáforos en rojo, pagar y recibir coimas, robar sin escrúpulos… todo vale ya que el único objetivo es sacar ventaja personal y el único esbozo de defensa moral del propio acto: “es lo que todos hacen”. Lo corrupto, por recurrente, se vuelve normal.

¿Quién es el enemigo de esta ideología? Todas las ideologías lo tienen y el Anarquismo Conservador no es la excepción. Se trata del “hincha pelota”: aquella persona que quiere hacer las cosas como corresponde, que se indigna ante la corrupción, que no acepta incentivos materiales para mirar hacia otro lado, que se preocupa por las consecuencias del acto corrupto ya que, en general, siempre lo pagan los más débiles. Básicamente, el hincha pelota, es el que no me deja robar tranquilo.

ANARQUISMO CONSERVADOR, POLÍTICA Y SOCIEDAD.

Hasta aquí vimos algunas de las características de esta peculiar ideología, pero no analizamos cuales son los intereses sociales que defiende ¿Qué sectores son los que se benefician con la diseminación de estas ideas?

Gracias a Gramsci sabemos que la clase dirigente es la que logra la conducción moral de la sociedad. Básicamente, la que logra que sus propios intereses sean vistos como el interés general; por ejemplo, cuando Aramburu se dirigía al país con el retrato de una espiga de trigo detrás; estaba diciendo: “si se venden trigo, no ganan solo los terratenientes, ganamos todos”.

Los distintos sectores sociales luchan por constituirse en dirigentes y esas batallas se dan en las trincheras ideológicas: la escuela, los medios de comunicación, la calle y los bares.

Ahora bien; sabemos que el anarquismo conservador se da en todas las clases sociales; desde la base, en el chico pobre que recurre al punguismo; pasando por enfermeros que roban insumos; hasta los grandes negociados de políticos y empresarios. Todos están atravesados por tan fastidiosa ideología.

Pensando un poco sobre el punto de emergencia del Anarquismo Conservador veremos la importancia de los años 90; en la exuberancia corrupta y frívola del Menemismo estaba el germen de esta nueva ideología. El meta- mensaje era: “nada importa” de esta forma se podía abrazar con Rojas, jugar un partido de futbol con la Publicidad de Renault en su camista, andar en Ferrari, poner diputados truchos, venderle armas a Ecuador cuando se era mediador en el conflicto entre este país y Perú. El espíritu de la época fue “me rio de todo y me la llevo a paladas”

Las consecuencias sociales fueron espantosas.

Pese a que todos se quejaban de la corrupción comenzó a escucharse algo perturbador “ya estoy cansado, me voy a meter en política para robar”. El pobre, el laburante, el que estaba cansado; admitía que estando en política repetiría las mismas prácticas que lo estaban perjudicando duramente.

Las consecuencias morales fueron aun peores.

No hace falta estar en política para ser corrupto: policía que aceptan coimas, docentes que roban libros y noteboocks, enfermeras que se roban medicamentos y hasta canillas del hospital. Un panorama aterrador normalizado porque “todos lo hacen”. El espacio público, es banco predilecto para estas prácticas por la falta de control y las complicidades entre los funcionarios de distintas jerarquías.

De esta forma las clases populares construyen su propio infierno: los que necesitan del espacio público son los pobres, los ricos pueden comprar.

Por último, vale remarcar que esta ideología tiene su origen y es absolutamente funcional a los sectores más acomodados de nuestra sociedad; el gran empresariado. La razón es muy simple, a medida que se asciende en la escala social se poseen más recursos para burlar las reglas; con dinero puedo coimear a un juez y a un político, con contactos puedo hacer posible esa coima. Por otro lado, si bien es verdad que las normas mantienen un orden establecido que es de dominación y explotación; también es verdad que esta necesita un límite para poder reproducir el sistema. La fase del consenso es importante, es el Estado que cura, educa, genera empleo. Esta fase es la que más sufre el anarquismo conservador dejando en situación de desamparo a millones de personas que reproducen esta ideología, caminando directo al infierno.

En un anarquismo individualista, triunfa siempre el más fuerte. Por eso es conservador: hace más poderosos a los poderosos y más débiles a los débiles.

miércoles, 28 de noviembre de 2012

ESTO DEBE SER LA BIRRA

Santiago Scotellaro
 
Filosofía sin dolor, sin angustia (¿Hace falta explicar, como hace noches, a qué me refiero con este término? ¿Por qué remitirlo a la depresión? Eso es mierda, es quitarle todo Absoluto Sentido), Es simplemente dogmatica. La creación trae siempre en su riñonera la originalidad; por lo tanto el vértigo. No viajes más en tren, me han dicho; Lo hice, pero a medias. Hoy viaje en tren de ida y de vuelta. Pará un poco con Dostoievski, alguna vez me han reprochado. Juro que lo sentí, y lo puse en práctica. Y ahí, fue la muerte de Kant. Pero no importa. Viajaba hoy –Donde si no- en el tren; y descubrí algunas pequeñeces: lo que me cautivó siempre fueron los rostros y los diálogos, claro; pero también el movimiento. Corrían las vías y un sujeto agarró la guitarra y empezó a ejecutar -sí, ejecutar, con guillotina- La Marcha Turca, de Mozart. Una claridad, una pasión, un todo que no se encuentra en la centralidad sorda, de sordera absoluta de la que soy -ahora- parte y pieza. ¡Viva la Periferia! Así gritaban todos, pero en claves. Y yo reafirmaba mi realismo sucio, colérico. Me gusta porque se parece más a un pueblo medieval, que la mierda amontonada. Amo cada unos de sus caos porque tienen más mucosa que los pañuelos de las menstruadas calles repletas de semáforos. Gratis, en la Nada, un Mozart: ¿competencia? Si hasta se compraron El Viejo Almacén. Todo está muriendo, de a guiños, con sonrisas; pero muere, tiembla. En determinadas situaciones, hay escenas (porque hay actores) contraculturales. Pero no en el sentido Hermoso; ¡no!, desde la fealdad del término. Ahí, en esos rincones, hoy, para mí, radica la Belleza, Mi belleza. Amar de a ratos siempre es fácil, pero más difícil es ama
 

viernes, 31 de agosto de 2012

Mi reflejo atormentador


Juan Manuel Cano
Hubo un momento, en mi infancia temprana, en el que descubrí que algo me perseguía. Dependiendo de la hora del día podía ser pequeña, mediana o muy grande; a veces se absorbía en sí misma. Como hacen todos los niños cuando quieren resolver algún misterio, pregunté a los expertos: mis padres me explicaron que era mi sombra.

Y así fui creciendo, con su compañía.

A veces nos peleábamos y trataba de pisarle la cabeza, pero parece que no es sensible al dolor, dicen que por eso es sombra. Otras veces se escondía bajo mi cuerpo de forma tal que olvidaba su inevitable presencia; eso me permitía tomarme cierto descanso, me daba paz, era una fantasía que necesitaba para aflojar las tensiones. Pese a lo conflictivo de nuestra relación, debo admitir que rápidamente me encariñe con ella. 

Entonces llegó la escuela. Ese terrible encierro en el cual uno debe obedecer sin saber por qué. Mis llantos, pataleos, insultos cuestionamientos a lo que “es así y siempre será” no pudieron convencer a mis padres ni a los maestros de que todo aquello era una locura esquizofrénica. Tuve que asistir y, sobre todo, dejar de cuestionar. Tuve que resignarme a sufrir.

Inevitablemente me vi en el dilema de inventarle una buena razón a ese sufrimiento, dada su magnitud tenía que tratarse de algo que trascendiera, no me podía quedar con la estúpida promesa de “ser alguien en la vida” o con la amenaza de “si no vas a la escuela vas a ser un burro”. Fue así que comprendí que en aquel infierno tenía la oportunidad de hacer nuevos amigos, que no me persiguieran por do quiera, ni conocieran todas mis debilidades. La escuela estaba llena de niños que sufrían de la misma manera que yo, podíamos hacer algo con nuestro dolor, podíamos consolarnos mutuamente.

Mi sombra estaba celosa y bramaba su angustia, se sentía traicionada; como si el hecho de que hablara con otros humanos me transformara en luciérnaga.

Pronto comprendió que su preocupación era en vano, lo primero que hicieron los otros humanos fue detectar mis gigantescas  orejas, lo segundo, reírse de ellas. Comprendí entonces que no siempre la gente que sufre tiende a consolar al otro sufriente, muchos prefieren explotar el dolor ajeno para olvidar el propio.

Entonces le di el gusto a mi sombra; nos instalamos en el fondo del aula, donde casi nadie nos veía. Así estuvimos cómodos, aunque aburridos, durante bastante tiempo.

 


 

Las horas en la escuela pasan lentas. Las agujas se aletargan y las viejas feas dominan el panorama aterrador en el cual, sus miradas de águila, todo lo ven y lo rapiñan con  una crueldad atroz. Lentamente y con dificultades comprendimos, con mi sombra, que la mejor estrategia era hacerse invisible. Si yo lo era, mis orejas también. Nos esforzamos, llegó un momento en que era difícil diferenciarnos: éramos dos gotas de agua.

Y así pasaron los años. Debo admitir que envidiaba y odiaba a los tipos cargados de luz, ellos también tenían su propia sombra, pero no le prestaban atención. Sonreían sin culpa, la pasaban bien, estaban llenos de luz y vida. Viéndolos reírse me sentía como aquel cachorrito paralitico que miraba jugar a sus hermanitos en el patio de mi casa, incapacitado para poder compartir el juego. En mi caso, la incapacidad no era física, se trataba de jugos emanados por mi corazón que languidecían mi cuerpo, herido y sufriente, nublando mi vista con lagrimas repletas de sal. Triste como el pájaro preso en una pequeña jaula oscura.

Mientras tanto, mi sombra se transformaba en autoridad, me sometía pero también me protegía en una burbuja en la cual no permitíamos entrar a nadie. El problema era que me aterraba salir.

Inesperadamente, llego el día en que mi sombra volvió a sentirse traicionada.


Como buen invisible aprendí a establecer un contrato tácito con los docentes: cumplir con las reglas de juego a cambio de que no se me pidiera “buena onda”. La mayoría lo respetó. Sin embargo, hacia el momento en que comenzaba a dejar de ser un niño (por lo menos en lo físico), una profesora hizo una exigencia que me pareció desmesurada: para aprobar la materia tenía que actuar en la obra de teatro de fin de año.

Me animé a protestar, pero no sirvió de nada.

Me adjudicaron el papel de villano. Las contradicciones dominaban mi corazón; por un lado era una acción que iba en contra de mi estrategia exitosa. Por el otro, alimentaba la fantasía de hacerle maldades a los luminosos ¡iba  a ser el malo! ¡Podía jugar a devolverle la bofetada  quienes se reían de mis orejas! Es verdad que en los actos escolares los buenos siempre ganan; pero por lo menos los villanos de las obras hacen algo que yo no me animaba; dan batalla, planifican derrocarlos, vencerlos, humillarlos. Después de todo el resultado no interesa, lo importante es la acción.

Así fue que me excuse ante mi sombra desde el hecho de que (¡por suerte!) me estaban obligando. Es una suerte, cada tanto, encontrar algunos autoritarismos; la injusticia y maldad de obligar a un niño de 12 años a participar de una obra de teatro terminó por liberarme de lo más opresivo de mis producciones. Quizás no haya peor tiranía que la que ejercemos sobre nosotros mismos.

Los ensayos, lo admito, fueron incómodos. Allí estaba con mis orejas representando tímidamente a un villano al que todos debían odiar. Recibí retos por el tono bajo de mi voz, por la torpeza de mis movimientos, por no mirar a los ojos a mis interlocutores. Según la experta profesora más que un personaje cargado de odio, envidia y sed de venganza; parecía un huérfano dolido que va a la vida temeroso y desesperado por un poco de cariño. Esto me lo dijo frente a todo el reparto, que río con ganas.

Una vez más, con su crueldad, me abrió una puerta. Desde ese momento se instaló en mi cabeza la idea que el día de la obra iba a sorprender y que la clave para hacerlo era el odio que me provocaba la vieja.

Me sorprendí a mí mismo.

El escenario transformó mi alma de una forma inesperada; me arrojé a la obra con una sensación de euforia incomprensible para mi mente juvenil, con profundos deseos de atraer miradas y ovaciones y con la seguridad de saber cómo hacerlo. Hice lo que sabía. Me sentí absolutamente libre; allí arriba, representando aquel villano, podía expresarme. De mis grandes orejas, ni me acordé y el público pareció no verlas. Quizás fueran bien con el personaje; o a lo mejor el que las agigantaba era yo.

Los presentes aplaudieron con ganas y mi sombra se extinguió por un tiempo, mientras estuve arriba del escenario.


Es encantador descubrir que uno hace algo bien, sobre todo después de haber escuchado y, lamentablemente creído, la acusación de inútil con la que fui tildado por los insensibles. Mi inutilidad está estrechamente ligada a la ausencia del deseo. Por tal razón, porque me llena el alma de alegría, hoy me dedico al arte escénico. Mis bolsillos están flacos, pero mi corazón gordo; trabajamos (o jugamos, como se prefiera) con un grupo dentro del circuito under, y como son buena gente,  negociamos sin inconvenientes, entre sonrisas. 

Sin embargo, no todo es color de rosas. Cada tanto la sombra da batalla. Es muy astuta, aprendió a camuflarse, a cambiar de forma, a confundirme. Durante un buen tiempo aparecía logrando que me mostrara indiferente frente al deseo, así vi pasar de largo mujeres hermosas. Otras veces me oscurecía la sonrisa, entonces andaba por la vida como un paria. Hasta logró convencerme de que nadie me quería, cosa ridícula que hubiera podido desmentir con solo mirar alrededor, pero la sombra es muy convincente. Cuando la sombra se apodera de mi corazón vuelvo a ser aquel niño triste y solitario. Siempre soy un niño, cuando logro vencerla me convierto en el que se llena de vida jugando.

Quizás su seducción radique en el hecho de que la protección que ofrece es cómoda; siempre es mucho más fácil creerse rechazado poniendo las responsabilidades en la crueldad del mundo que salir en busca de un poco de cariño.

Siempre es más cómodo quedarse con la sombra.

lunes, 23 de julio de 2012

Una tarde de invierno


Santiago Scotellaro

El tren, para cumplir con su regularidad, circulaba con demoras. La tarde asomaba fría y seca;  costaba prenderse un cigarro, aunque nada aún lo impedía. Los abrigos y bufandas eran los déspotas, o los más adorados. Por donde uno miraba se topaba con ejércitos de mejillas enrojecidas como avergonzadas de tanto disimular. Demasiados cuerpos en un mismo sitio, todos con la misma demanda, con la idéntica súplica de poder moverse sin impdimentos. Pero no fue muy larga la espera, mi espera; o al menos no la sentí tan densa como otras que sí lo fueron. Esta vez, fue sencillo. Al terminar mi pucho, luego de unos segundos, nuestro tren arribó a la plataforma correcta; aquella que nos iba a mover, no sin impedimentos, pero por fin con la posibilidad de imitar a Heráclito. Logré subir sin demasiadas técnicas solipsistas, no fue necesario despreciar tanto a la Otredad para lograr un puesto. De haber sido así, no creo que lo hubiese podido logar; no por ser La Bondad, sino porque simplemente no es mi estilo. Mi lugar, para colmo, era un tanto privilegiado: estaba pegado -literalmente- a la ventana de la puerta izquierda, enredado con mi bolso y el tapado de una señora muy antipática al contacto con los Otros, o quizás tenía algún conflicto con el sexo opuesto, o simplemente conmigo. Sin embargo, en esas condiciones avanzamos. Todos juntos, como siempre. Pensaba en los conceptos de la física clásica, como el tiempo y el espacio, la masa, la velocidad; para luego derrapar hasta la bella física cuántica. A decir verdad, no sé si los estaba pensando o los estaba viviendo. Muchas opciones no tenía. Era éso o enamorarse de la comunión del aliento de mi vecino con el mío. Pero en cuanto desperté de mis sueños cuánticos estaba en la estación M, que se encontraba transpirando seres humanos como si fuesen gotas de sudor en la frente de un atleta. En ese caótico movimiento de masas, mi vista queda suspendida, atrapada en una escena: en el andén que iba en sentido contrario al nuestro, dos mundos chocaban. Yo seguía con la nariz asficciada por el vidrio, entonces, mi panorama era genial. Decía: una muchacha de unos veintiseis años se dirije hacia un ilusionado hombre de aproximadamente unos cuarenta y cinco. Claro que yo no tenía audio, pero se podía apreciar esa danza sin siquiera oír una respiración. La joven le pide un cigarrillo; y esto fue lo que me impactó: él, como si le hubiesen gritado una orden de carácter militar, con las escupidas del Comandante en Jefe sobre sus ojos, comenzó a moverse de forma nerviosa; más que eso, alteró todo su estado parasimpático, quería que la mujer que se le había acercado en una tarde fría, de un invierno solitario, no demore un segundo sus ganas de fumar. Sacó sus humildes tabacos y le ofreció para que agarre uno -o los que quisiese- diréctamente desde la caja que los contenía, para que su fumar no se viera arruinado por el contacto con los dedos curtidos que él poseía. Al instante, sin esperar, sacó súbitamente su encendedor y se lo cedió sin más. La señorita, con una paciencia y un relajamiento muscular increible, tanto que se notaba desde mi posición, hizo el ritual: un poco de combustión por la fricción de la piedra y el gas, cigarro en la comisura de los labios, y taréa terminada. Escupió un seco y alejante gracias. No tuvo siquiera la simpatía de quedarse fumando junto a él, al menos para que pudiera dar sancos a su imaginación. No. Una media vuelta y a caminar, a irse lejos del altruísta. El hombre demoró unos segundos y, obviamente, la miró; aunque en realidad creo que apuntó a su culo, como un acto reflejo. Y el tren, como indignado, empredió su marcha. Seguimos el camino hacía donde siempre. Nada más; fue un trayecto excesivamente lineal. Llegué hasta mi estación, ahí donde suelo bajar todos los días de mi vida semanal, sin problemas aunque con algunas contracturas. Prendí uno de mis cigarros, esos que compro yo mismo con mi sudor y lágrimas, y comencé a caminar. Me topé con un semáforo y le di bolilla: paré, porque así me lo indicaba el color rojo. A mi derecha salió como una hiena ambrienta de adrenalina, una mujer; salió del Bingo. Recuerdo que en ese instante pense graciosamente: "no mi querida, éso no se hace". Sin oír -por suerte- mi pensamiento, la señora camino corriendo hacia la vereda de enfrente. Se metió en otro local, pero este era de Quiniela. La risa se apoderó de mí, me cayó desesperadamente bien ese movimiento sutil de arqueóloga del escolaso. De alguna manera le agradecí y seguí caminando. Directo a una vinería muy coqueta que abrieron por mis pagos hace cerca de un año. Debía regalar un Whisky, y qué mejor que en ese lugar que dedica su tiempo, sus proveedores, su decorado, a éso; a vender bebidas con aroma a casa de bebidas; no a Súpermercado fordista, masivo y anónimo. Llegué -evidentemente- unos segundos temprano; en la puerta se leía "Abierto", pero como todo concepto, no tenía asidero en la realidad, al menos en ese instante. Porque -como decía- a los cinco segundos que yo me encontraba mirando por la vidriera llegó una señorita de unos veintitres años, toda llena de sombreros, abrigos y anteojos de sol.

-Llegué justo -le digo simpáticamente.

Ella abría las tres cerraduras mientras me decía:

-Sí, justito, justito -y tiró la puerta abajo-. ¿Qué andás buscando?

-Un Johnnie Walker. Ah, claro, etiqueta negra -respondí muy relajado.

Me invitó a pasar y no me negué. Lo primero que hizo, luego de sacarse las gafas de sol, fue apretar un botón que prendía el equipo de audio. Comenzó a sonar la música: Nostalgias.

-Sabés que hace unos días yo estaba hablando de ese tango, del querido Nostalgias -le comenté para empezar a hablar mientras la apertura de la tienda continuaba con su ejecución.

No respondío nada interesante, ni que deba ser contado; sólo tuvimos una amena conversación sobre los vinilos que colgaban en las paredes, donde se podía ver a Julio Sosa, a Oscar Alemán, Django Reinhardt, entre otros. Le indiqué que mi medio de pago iba a ser mi pequeña tarjeta de débito.

-Ningún problema, sólo que el sistema está andando mal; va a tardar un poco -me contestó.

-Todo lo que vale la pena tarda, muchacha.

Sonrisas, sistemas bancarios y clientes que entraban y salían. Mientras, seguíamos dialogando sobre encendedores, tabacos, habanos y cervezas importadas. Me recomendó algun que otro adorno, me mostró unos vacitos traídos de Escocia y, mientras, envolvía mi regalo en el papel que le da entidad de regalo mundano.

-¡Ahí agarro! -exclamó.

-¡Muy bien! -respondí imitando su alegría.

Se refería, claro, al sistema que prostituía a mi tarjeta de débito. Me pidió que firme el papel que vomitó la máquina, añada el número de documento, y un teléfono. Me quedé pensando en eso del teléfono; recuerdo que imaginaba que ella iba a llamar a casa a decir que andaba hablando de esas cosas en una tienda que vendía, justamente, esas cosas.

-Bueno, te dejo un celular.

-Dale -contestó.

 Y me fui. Arrollado por un camión de juventud, algarabía y cuerpos bailando unos alrededor de otros. De esta forma, con esta humilde tarde de invierno, tiré todo mi día de trabajo a la basura. Pinceladas de colores vinieron a mi encuentro. La tarde fue el regalo.